PORTAL DENTRO DEL PORTAL

Hace tiempo que no escribo aquí. Hoy vuelvo con una obra: Portal dentro del portal. Compartirla es una manera de volver a habitar este espacio, poco a poco.

La obra comenzó con el deseo de construir un mundo imposible. Durante su creación fue abriendo preguntas sobre la memoria, el linaje y nuestra manera de mirar. Terminé reconstruyendo la imagen de mi madre cuando era niña: alguien que forma parte de mi historia, pero a quien nunca conocí.

Comparto aquí el statement que nació de ese proceso. Es una invitación a entrar en la obra y a descubrir qué despierta en quien la mira.

STATEMENT DE LA OBRA

Esta obra comenzó con una idea aparentemente sencilla: construir un mundo imposible.

Un espacio de naturaleza circense habitado por animales suspendidos, objetos fuera de escala, arquitecturas, nubes, escaleras y fragmentos provenientes de realidades distintas. Al principio mi búsqueda era principalmente visual. Me interesaba crear una imagen donde lo improbable pudiera coexistir con absoluta naturalidad, como sucede en los sueños.

Pero durante el proceso algo comenzó a cambiar.

A medida que la imagen crecía técnicamente, también crecía su significado. Los elementos dejaron de comportarse como objetos independientes y comenzaron a relacionarse como estratos. Una realidad parecía contener otra y, dentro de ella, aparecía nuevamente otra. Lo que inicialmente había imaginado como una escena surrealista empezó a revelarse como una estructura de capas permeables, territorios que se atraviesan y se transforman entre sí.

Entonces apareció la niña.

Mi intención inicial había sido fotografiar a una niña que habitara ese universo. Sin embargo, durante el proceso decidí reconstruir la imagen de mi propia madre cuando era niña, a partir de antiguas fotografías familiares.

Conocí a mi madre, pero nunca conocí a esa niña.

Esa paradoja transformó la obra.

A partir de fotografías pequeñas e incompletas, de mis recuerdos de la mujer que fue mi madre y de aquello que imagino que pudo permanecer de esa niña en ella, utilicé nuevas tecnologías para construir una presencia que nunca pude contemplar directamente.

La tecnología hizo posible esa reconstrucción, pero también introdujo una nueva pregunta en el proceso creativo: ¿quién es el creador y quién es la herramienta?

Mis recuerdos, fotografías e ideas alimentan a la tecnología. Ella devuelve una posibilidad. Yo la observo, la reconozco o la rechazo, la modifico y vuelvo a entregársela. Lo que regresa transforma nuevamente mi percepción y, con ella, la obra.

La creación deja entonces de ser una línea para convertirse en un circuito.

Y comprendí que ese procedimiento reproducía, casi involuntariamente, la misma estructura que estaba apareciendo dentro de la imagen.

La fotografía original es ya el reflejo de una niña que existió. Décadas después observo ese reflejo desde la memoria de la mujer que conocí. La tecnología lo reconstruye. Yo intervengo esa reconstrucción desde mi propia experiencia y finalmente otro observador contempla el resultado desde la suya.

La obra no refleja una realidad. Refleja un reflejo de otro reflejo.

Y cuanto más profundamente intentamos encontrar el original, más nos acercamos a algo inaccesible.

La madre-niña se convirtió así en el punto de inversión de la obra. Una hija adulta reconstruye a su madre antes de que fuera madre. El presente reconstruye el pasado y altera la dirección habitual del linaje. Ya no se trata de recordar, porque no puedo recordar aquello que nunca viví. Se trata de entrar en una memoria que no es mía y que, sin embargo, forma parte de mí.

La memoria personal comienza entonces a confundirse con la memoria heredada.

A partir de allí, las imágenes funcionan como umbrales. Una conduce hacia otra. La arquitectura contiene un mundo imposible; dentro de él aparece la niña; sobre su mirada existe otra imagen; esa imagen se fractura y detrás de la fractura aparece el cosmos.

Cada vez que parece que hemos llegado al fondo, surge otra capa.

No hay una imagen detrás de otra. Hay un portal dentro de otro portal.

Y el tiempo también comienza a plegarse.

La madre vuelve a ser niña. La hija contempla un tiempo anterior a su propia existencia. El presente reconstruye el pasado y ese pasado abre una fisura hacia algo que parece estar fuera del tiempo.

La imagen deja entonces de hablar únicamente de mi madre o de mi propia historia. El recorrido se expande hacia el linaje, la memoria ancestral, el inconsciente y finalmente hacia aquello que nos contiene y que no alcanzo a nombrar por completo.

En ese punto, la búsqueda deja de dirigirse hacia atrás y comienza a dirigirse hacia adentro.

Detrás de la mirada de la niña no encontramos sus ojos. Encontramos una abertura. Y detrás de ella, el infinito.

Allí el recorrido parece terminar, pero vuelve a comenzar.

Conciencia, memoria, linaje, memoria ancestral, infinito, conciencia.

El proceso creativo terminó revelándome la misma estructura que estaba construyendo: una sucesión de reflejos, reconstrucciones y umbrales en la que cada respuesta produce una nueva pregunta. La técnica condujo a la memoria; la memoria al conocimiento; el conocimiento a una conciencia más amplia de aquello que estaba creando.

Por eso no quiero cerrar el significado de la obra.

Hay símbolos cuyo sentido conozco íntimamente, pero explicarlos por completo significaría clausurar el espacio que la imagen mantiene abierto. Prefiero ofrecer las llaves y permitir que cada observador decida qué umbrales atravesar.

Porque todavía existe una última capa que no está físicamente representada en la imagen.

Quien la mira.

La obra no termina en el cosmos, ni en la niña, ni en mi propia memoria. En el instante en que alguien la contempla, incorpora a ella su historia, sus asociaciones y sus propios reflejos. El observador termina dentro de aquello que estaba observando.

Quizá por eso Portal dentro del portal no representa un instante que sucedió alguna vez.

El instante sucede cuando alguien lo mira.

Y solo entonces la obra existe plenamente como un todo.